Aquellos maravillosos años

Manuel era ya anciano. Había vuelto a su pueblo natal después de muchos años, tras emigrar a sudamérica siendo muy joven. Con las manos temblorosas y arrugadas, con apenas capacidad para hablar, trataba de recordar bajo su manta de lana algún momento feliz que le sacara de la amargura que le envolvía y a la que tanto se había acostumbrado.

Su vida había sido larga en años, pero corta en buenos momentos y ahora en la ancianidad parecía aún más corta que nunca en su recuerdo. Estaba solo, completamente solo, y el esfuerzo por recordar agotaba su memoria y le producía dolor de cabeza. Pero Manuel no era capaz de aceptar que no le quedaba huella de ningún momento feliz en tu vida entera. Miraba a su alrededor buscando un objeto, un cuadro, una foto, algo... algo que le evocara una sonrisa, algo que ayudara a su maltrecha memoria a rescatar de la profundidad un esbozo de alegría. Sin embargo, noche tras noche nada de lo que le rodeaba en aquella habitación traía a su memoria más que indiferencia, más tristeza y frialdad.

Aunque la casa era suya en propiedad, aquel no era su hogar, él lo abandonó siendo muy joven y ahora la casa despedía por sus muros toda la frialdad acumulada en tantos años de abandono. Parecía como si la casa tuviera vida propia y sentimientos, y ahora se estuviera vengando de él. Si pudiera volvería al país que le acogió hace tantos años, pero ¿por qué lo iba a hacer? si ni siquiera lograba recordar por qué quería volver... sólo sabía que no quería morir allí.

La maldita soledad había hecho de él un ermitaño ensimismado en propia locura, en su obsesión por recordar, por convencerse de que la vida no se le había escapado de las manos sin dejar tan siquiera el recuerdo de una mujer bonita en sus brazos, de una sonrisa cómplice o de un buen amigo. Vivía para recordar, y como no era capaz de hacerlo, no vivía...

Y un día, un día se olvidó de intentar recordar. Y fue entonces cuando el recuerdo vino a su cabeza. Recordó aquel verano en el que pasó unos días en el mar, aquellos días de verano en que paró de reir con sus amigos, aquellos juegos en el mar, la sensación de libertad que impregnaba todo, aquel verano que se enamoró por primera vez. De pronto, sin querer recordar, no paraba de hacerlo. Los recuerdos venían a su mente rápidos y claros, y sonreía, se reía, se reía sólo.


PD: imagen de Zahara, verano del 2006

5 Responses to "Aquellos maravillosos años"

Mar dijo... 8:12 p. m.

Las cosas nunca salen bien cuando intentamos forzarlas.
Si te dejas llevar, incluso fluyen en ti momentos que pensabas ya perdidos en tu memoria.

Juan dijo... 8:18 a. m.

Espero don Manuel que el nombre del protagonista de su mini relato fuese escogido al azar y que no sea el futuro que le espera...

esthersita dijo... 11:10 a. m.

A mi me da pena, la soledad da mucho miedo sobretodo en esos momentos de desesperacion y angustia

abuelez dijo... 11:45 a. m.

Creo no haber escogido el mejor dia para leer este minirelato, un lunes no es dia para empaparte de aterradora soledad y melancolia pero tengo que reconocerle al señor autor que me ha puesto los pelillos de punta...pero también me ha servido para gozarme esa instantanea con la que nos deleitas amigo Manuel (a pesar de que no se pueda ampliar)...cuantas cosas dice solo una imagen joder!!!!!

Mark dijo... 3:02 p. m.

Excelente, Manuel. Enhorabuena!!
Nada más por ahora, creo que estoy incubando la puta gripe, como una gallina su huevo..
PD: me ha tocado un código de verificación que me cago en Soria

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