Una mañana cualquiera

“Hoy me he levantado dando un salto mortal, dando volteretas he llegado al baño...”

Nada parecido al comienzo del día de los hombrecitos je, yo me he despertado con sueño y un ligero dolor de cabeza.
Todos sabemos que saliendo un poco antes, quince minutos por ejemplo, lograremos evitar en cierta medida los espantos del metro. Así que ni corto ni perezoso, bueno, perezoso sí, he logrado salir a las ocho y cinco para coger la línea 1 de metro que me llevará hasta el final de línea, el Pinar de Chamartín, de reciente inauguración. La bendita línea 1. La estimación inicial de cada mañana es de unos cuarenta y cinco minutos en llegar al tajo. Nunca lo he logrado.

Llego al andén sin problema, y el metro no tarda en llegar. No es demasiada sorpresa ver que nada más salir la oruga de hierro avanza a trancazos, a una velocidad media de 10 metros por hora, pero uno ya está acostumbrado a este tipo de comportamiento errático, así que no desespero mientras hojeo los sucesos del Qué!. La cosa pinta mal, el metro sigue andando a paso de mercadillo, mientras por megafonía dicen que hay problemas en el otro sentido (joder, pues menos mal que en nuestro sentido no pasa nada), así que siempre sin desesperar, con una mano en el barrote de sujeción y la otra aferrando el Qué!, paso a atacar al sudoku con mi lápiz de Ikea. A la media hora conseguimos llegar a Cuatro Caminos, cuatro estaciones de metro, ahora el señor maquinista repitiendo cada diez segundos que debido a una incidencia, el servicio no se presta con normalidad (falso, el servicio se presta con absoluta normalidad, ya que en dos semanas y media absolutamente todos los días pasa algo en esta bendita línea 1); tras cinco comunicaciones de este tipo, el señor maquinista cambia de registro y nos insta a salir del tren, cosa que hacemos con resignación, pero siempre sin desesperar.
Graciosamente nos depositamos en los bancos del andén y esperamos un nuevo convoy que nos acerque a nuestros lugares de trabajo, y no tarda demasiado en llegar, si bien no es lo que todos esperábamos cuando ya con un pie dentro del nuevo tren, una amable voz nos indica que definitivamente se suspende el servicio entre Cuatro caminos y Tetuán.
De los cuatro caminos de la estación, ninguno me viene bien, y no sé cómo proseguir camino, así que decido dar media vuelta y volver a Tribunal, la parada de metro del Hogar.
No es inhabitual que alguna de las escaleras mecánicas no funcione y haya que subir empinados tramos de escalones, momento en que noto que el ligero dolor de cabeza se ha transformado en un bombeo intenso de sangre a mi ojo izquierdo, que se acrecenta con cada escalón subido. En la primera escalera mecánica que funciona me paro a ver si el servocontrol interno que controla el bombeo se estabiliza.

Tres cuartos de hora y un sudoku de dificultad media más tarde, me encuentro en el lugar de partida.
Ahora viene lo difícil, tomar la alternativa. La línea 10.
Quien no la haya cogido en dirección norte por la mañana, no sabe por qué me recorrió un sudor frío la espalda. Claro que al ser ya cerca de las nueve, a lo mejor la cosa está mejor, y no debo afrontar con gallardía la opresión humana con que suele deleitarnos la línea amiga.
No me defrauda, el primer intento no me deja ni acercarme a las puertas, así que para el segundo me alejo todo lo posible en el andén, y logro colarme en el amplio recinto que me acoge con un agradable calor humano. No sabría aventurar si a estas tempranas horas la gente es ya sudorosa, pero más de uno apunta maneras.
El disfrute del roce humano en el metro es una quimera, un sueño de adolescente, ya que muy poca es la posibilidad de que en los 20 centímetros cuadrados a que tenemos derecho nos toque apechugarnos con una jovenzuela desenfadada a la que no le importe restregar sus senos contra nuestro cuerpo. Más cercano a la realidad es tener senos, barrigas u otros apéndices con rostros invisibles que nos dan un masaje thailandés gratuito, generalmente pertenecientes a tipos fornidos y que ya empiezan a supurar. En la línea diez no es necesario tener una barra en la que sujetarse, ya que es imposible caerse debido al vaivén del tren, aunque nunca se desprecia la oportunidad de aferrarse a una y marcar territorio.
En Gregorio Marañón saco al águila que hay en mí y me deslizo en un asiento un microsegundo después de que una chica se levante. No es momento de galanterías, aunque no veo nadie que parezca necesitarlo más que yo, que llevo casi una hora de pie en los vagones y los riñones empiezan a quejarse. Acercándonos a Plaza de Castilla el metro se ha liberado bastante, y a una estación de distancia un olor a mierda asalta mis fosas nasales por sorpresa. Instantes después se hace un corrillo por esa zona y me dispongo a granjearme la simpatía de mis compañeros de vagón diciendo “ya ves si apesta”, pero gracias a dios me doy cuenta a tiempo y veo que la alarma ha sido generada por un vahído de una chica, a la que presto cedo mi sitio para que se siente y repose. No es precisamente por la que nadie hubiese apostado por ser la primera víctima del gusano de acero, se trata de una chica joven, con aspecto del este, rubia y con escote generoso. No sabemos muy bien qué hacer aparte de decirle que se siente y que si se encuentra bien, claro que no sé si responde algo porque tengo mi reproductor de mp3 animando mi periplo, y al llegar a plaza de Castilla, tras estar parados en medio del túnel unos minutos, la dejamos seguir camino en el vagón, espero que se recuperase.

Me doy cuenta de que en realidad yo iba a Chamartín, pero la providencia ha querido que San Gallardón haya proyectado las líneas uno y diez paralelas en este tramo, y aquí también se puede coger la línea uno.
Me queda no obstante el tramo más difícil, el nuevo tramo hasta el Pinar de Chamartín, que parece no estar equipado para soportar el tráfico de más de un tren a la vez, y donde me enfrento a una posible media hora para recorrer las tres estaciones que me quedan. El tren llega más o menos pronto, pero sigue sin sorprenderme que se quede tan pancho en la estación varios minutos, cada vez se me hacen más largos. Lo que me sorprende es recorrer las tres estaciones sin percance. Eso sí, en este nuevo tramo chirría tanto que apenas oigo mis copias de seguridad con el reproductor de mp3.

El servocontrol sigue bombeando según me dirijo a la superficie, y mi globo ocular amenaza con estallar (¿existe algún caso en que haya sucedido esto?). Me recibe un día espléndido, casi debe ser mediodía, y lo que me apetece es ya tomar un aperitivo, tras casi dos horas de periplo.
Me recibe el ojo del gran hermano que todos los días ve cómo entramos en el edificio, y puedo ver lo mismo que él al verme reflejado en la puerta de cristal que hay bajo él. Cual un Clint Eastwood en sus años mozos, me adentro en la boca del lobo para afrontar el día con ánimo, como un hombrecito je echando un par de huevos a su sartén.

3 Responses to "Una mañana cualquiera"

Juan dijo... 4:25 p. m.

Que mala suerte Marines!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! yo siempre pillaba esa linea sin problemas macho!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Anónimo dijo... 12:33 a. m.

Juanito un hombre de tu categoria creativa, no debe permitirse el lujo de bombardear a un lokalero...

Piensa que tus creaciones pueden ser pisadas por comentarios indignos hechos por lokaleros de menor capacidad creativa que tu...

Despues de este inciso...

Creo Mark que...

la suerte no te acompaña...hombres sudoros pegados a tu espalda...BAÑOS TURCOS EN LAS PROFUNDIDADES DE MADRID!!!

Juan dijo... 1:15 p. m.

mi no entiende...

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