Los hijos de los hijos

Solo dio dos pasos. Los dio mirando al sol cuando se pone rojo cromado. Ese rojo que parece mercurio teñido de sangre. Los pasos fueron firmes, fuertes, yo diría que feroces. Luego se dio la vuelta. Sobre su cabeza y tras su espalda se veían nubes encarnadas y haces de luz solar metálicos. Parecía un semi dios. Un semi dios a punto de descargar su cólera. La espesa vegetación selvática en mil y un verdes saturaba la escena de color. El indio que debía matarlo vaciló cuando parte del sol se desparramó por la coraza de acero del español. Los otro cuatro indígenas que lo acompañaban retrocedieron varios metros. El castellano en su frenética huida había perdido sus armas. Los indios llevaban unos robustos palos de madera. Pudieran parecer armas poco efectivas pero Alonso Álvarez había visto como eran capaces de destrozar una cabeza hasta dejar el cráneo hecho una masa fina e informe en un estrépito cromático de lo más variopinto. Los indios dudaron hasta que el sonido mágico de dos arcabuces disparados desde la playa les hicieron desaparecer en la frondosidad de la selva. Alonso Álvarez volvió a la playa. Agradeció a los dos vascongados que sonreían en la arena con sus arcabuces humeando, el servicio prestado. Luego se unió a la soldadesca que comía y bebía. A pesar de haber estado a punto de morir no perdió el apetito ni las ganas de tinto.
En aquel continente pasó Alonso el resto de su vida. Mató a muchos indios; no a todos en batallas y a algún español en alguna de las numerosas riñas que se producían por malentendidos en los naipes. También abusó de numerosas indias a las que dejó vivir a casi todas; dejando entre aquellas gentes hijos suyos. Cuando juntó el oro suficiente se fue al norte a algún lugar de lo que hoy es Méjico. Allí se casó con una gallega blanca y hermosa recién llegada de Pontevedra de nombre Luisa. Tuvieron once hijos de los que seis llegaron a edad adulta. A su vez los hijos de Alonso y Luisa también tuvieron hijos y también estos y así sucesivamente hasta llegar a Carlos José Álvarez Ruiz; que en 2008 toma unas cervezas con unos amigos en un bar de México D.F. Dos turistas españoles entran al mismo bar. Al notar su acento Carlos José Álvarez Ruiz con los ojos de odio hasta la lagrima les echa la culpa de todos los males de su país. Les acusa de haber saqueado todo el oro de México, de haber exterminado una cultura, de pertenecer a un pueblo bárbaro y genocida. Si bien es ridículo culpar a unos individuos de lo que hubiera hecho el ejercito de su país en el S.XV lo es más el hecho de que Carlos José Álvarez Ruiz es descendiente directo de Alonso Álvarez.

3 Responses to "Los hijos de los hijos"

Fetano dijo... 11:10 a. m.

Ay amigo como te gusta tocarle los huevos a todo hijo de conquistador/saqueador.

Porque no olvides que un importante numero de nuestros amigos, bien puedieran ser descendientes de algun Alonso Alvarez...

Y luego nos reprochan...

Mis antepasados andaban desarrollando el noble arte del robo de gallinas, y actuando como pillastres, en esa epoca de picaresca y villania, entre el Reino de Castilla y mas al sur, en tierra de moros.

Es duro admitir lo que de por si es cierto...Pero el pasado solo es pasado, aprendamos de el y actuemos en consecuencia.

Juan dijo... 11:32 a. m.

Yeahhhhhhhh

laflordelmal dijo... 2:32 p. m.

Aquí tatatatataranieta de conquistador sangriento.

Me encantó el texto, y me quedé con ganas de más. =(

Publicar un comentario